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lunes, 11 de marzo de 2019

EL PRISIONERO Y LA ENCINA



El espantoso sueño recurrente lo importunaba una noche tras otra. La angustiosa pesadilla solía empezar siempre de la misma manera. De repente, se encontraba en medio del campo, sin saber cómo había llegado hasta allí. Él y otros desdichados congéneres deambulaban sin rumbo, moviéndose por puro instinto, a lo largo y ancho de una finca árida y llana, punteada por esporádicos matorrales y alguna que otra encina creciendo solitaria entre la hierba reseca y amarillenta.
Un robusto vallado metálico cercaba por completo el inhóspito recinto y los mantenía confinados, prisioneros en una especie de rural campo de concentración.
Todos se hallaban completamente desnudos. Al mediodía buscaban las amplias sombras de los árboles, huyendo del sol implacable que abrasaba sus pieles oscuras. Por lo demás, se comportaban, él incluido, como auténticos animales. Se alimentaban de los frutos que encontraban en el suelo, hacían sus necesidades en cualquier sitio, y copulaban como auténticos salvajes a la vista de todo el mundo, compitiendo ferozmente por las impúdicas hembras.
No se hablaban entre ellos. El único lenguaje imperante en la extraña comuna se componía de gestos, miradas y gruñidos, desplegados en una amplia gama de tonos e intensidades.
Regularmente, recibían la visita de los temibles carceleros. Unos tipos gigantescos, crueles y soberbios, que haciendo caso omiso de sus chillidos de protesta, apresaban a varios de los desdichados reos y se los llevaban a rastras introduciéndolos en el interior de los camiones, exactamente igual que harían con cualquier especie de ganado.
Aquellos que se iban, jamás regresaban, nunca volvían a tener noticias suyas. Los que quedaban en el campo yermo, seguían vagando entre las encinas, sin rumbo y sin futuro. Pronto se olvidaban de sus arrebatados compañeros y se dedicaban, única y exclusivamente, a satisfacer sus anhelos vitales, los más elementales y primarios, en la lucha diaria por sobrevivir.
Y todo esto, con ser horrible, no era lo peor de la periódica pesadilla. Lo más espeluznante y estremecedor llegaba a la hora de despertar. Un ramalazo de súbita comprensión se abría paso entre las brumas de su cerebro y nuestro protagonista, mirando espantado a su alrededor, caía en la cuenta de que no había estado soñando, sólo recordando las rutinarias vivencias de otra jornada más en aquel campamento del infierno.
Aquellas que tomara por inquietantes experiencias oníricas, se correspondían, fatalmente, con fragmentos inconexos de la abominable e insoslayable realidad en la que se debatía, atrapado, un día tras otro, vagando entre las encinas en el campo yermo y cercado, sin rumbo, esperanza, ni futuro.
Unas horas más tarde, a la sombra de un árbol descomunal, reposaba satisfecho con el estómago lleno, tras una ajetreada mañana de correrías a la búsqueda del diario y monótono sustento. El sol apretaba de firme. Cuando llegaron los camiones fatídicos, los prisioneros huyeron en estampida abandonando el placentero abrigo de las ramas.
Él, en cambio, permaneció inmóvil. Presintió que su hora había llegado y, en todo caso,  decidió que ya que no podía escapar al funesto destino, mejor terminar cuanto antes.
Momentos antes, reposando a la sombra de la encina, una repentina revelación le había mostrado la Verdad, desvelando el misterio de su peculiar situación. Al fin, había comprendido todo. Supo, con absoluta y diáfana certeza, por qué se encontraba allí, en aquella insólita cárcel y en tal estrafalario estado.
Se prometió solemnemente a sí mismo que si lograba salir de ésta,  jamás le volvería a negar  un crédito a ninguna familia necesitada, ningún suicidio por desahucio caería sobre su conciencia; nunca volvería a engañar a ningún humilde anciano robándole los ahorros de una vida; y, aunque viviera cien vidas más, jamás volvería a despreciar una maldición gitana y revisaría una y mil veces los frenos del coche antes de emprender un viaje por una accidentada carretera de montaña; y, por encima de todo, juró y perjuró que a Dios ponía por testigo de que nunca, nunca más, volvería a burlarse cuando alguien le hablara de... la maldita reencarnación

Dócil, se dejó apresar, sin oponer resistencia.
El lustroso cerdo ibérico de pata negra, criado a base de bellotas en las áridas dehesas extremeñas, fue sacrificado una fría y ventosa tarde del  día 11 de Noviembre.
Cuando el largo y afilado cuchillo del matarife se hundió en su garganta y la vida comenzó a escapársele en atropellados chorros, el cerebro humano, cautivo en el cuerpo del marrano, alumbró, a modo de certero epitafio, una última y atinada reflexión:
          
                          “A todo gochín le llega su San Martín”.



sábado, 23 de febrero de 2019

EL EXTRAÑO CASO DE LOS HUEVOS CADUCADOS







A las 10 de la mañana de un 28 de diciembre, Jeremy Walton, estudiante de Secundaria, volvió a releer la nota y esbozó una mueca de fastidio.
                    
                   “Tienes que gastar una inocentada en un sitio público”

La orden era escueta, pero muy clara. Valiente tontería. El chico maldijo entre dientes por haberse dejado enredar en aquel juego estúpido. La culpa era de Violet y sus hechiceros ojos verdes. Ella había escrito la dichosa nota, y Jeremy no había podido negarse. Habría quedado como un gallina, y eso era lo último que deseaba, especialmente delante de Violet. Bueno, se dijo con resignación, espero que al menos me lo tenga en cuenta en la próxima cita.
Animado súbitamente por el recuerdo de los agradables momentos pasados en compañía de la preciosa animadora y, especialmente, por los que le aguardaban en el futuro, Jeremy Walton penetró en el supermercado del barrio dispuesto a complacer los retorcidos deseos de su amada.
El plan no podía ser más sencillo: perpetrar la inocentada y sacar una foto como prueba.
Tras unos instantes de vacilación se encaminó decidido al estante de los huevos y sacó una foto con su móvil. A continuación, ni corto ni perezoso, extrajo una hoja con etiquetas autoadhesivas en las que se podía leer la palabra CADUCADOS, escrita con rotulador rojo, y las pegó en todos los envases de la estantería.  
En un campeonato de bromas idiotas, sin duda se llevaría todas las medallas, discurrió un cariacontecido Jeremy. Pero bueno, él había cumplido la orden de su animadora favorita, y eso, a fin de cuentas, era lo que contaba. Sacó otras dos fotos, como inapelable testimonio gráfico, y se largó de allí cagando leches, antes de que lo pillaran con las manos en la masa. Que lo de complacer a su chica estaba muy bien, pero él tenía una reputación que cuidar.
Con las prisas y los nervios, está a punto de chocar con una joven pelirroja que avanzaba por el pasillo arrastrando con su mano izquierda un cesto de la compra, de esos que llevan un par de ruedecitas. Con la mano derecha empujaba el carrito de un bebé que no paraba de berrear.
Melissa Anderson, madre primeriza y maestra de profesión, repasaba mentalmente la breve lista de compra que le había encargado su madre. Básicamente, ésta se componía de los ingredientes necesarios para elaborar un bizcocho.
Su progenitora le había insistido especialmente en un punto:
—Y, sobre todo, Mel, fíjate bien en la fecha de caducidad, que la última vez me trajiste huevos que habían caducado dos semanas atrás. Vaya, que casi me traes pollitos—remató, celebrando la ocurrencia con una risotada de las suyas.
Fue por ello, que Melissa compuso una mueca de franco disgusto cuando se topó con toda la mercancía caducada. Encima, el bebé había cogido una buena perreta y continuaba con su llanto inconsolable… Todas las hueveras lucían la misma fastidiosa pegatina. La chica discurrió que hubiera sido más fácil retirarlas y, de hecho, le sorprendía mucho que no lo hubieran hecho. Allí había algo extraño, se dijo, aquello no era normal. Miró a su alrededor. No descubrió nada irregular en el resto de las estanterías. Sólo en la de los huevos. Manda…narices, masculló Melissa, aunque no era ésa, precisamente, la palabra que tenía en mente. Instintivamente, buscó con la mirada a alguna encargada. Ninguna a la vista.
En ese momento, otra joven madre, algunos años mayor que Melissa, se acercó hasta ella, empujando el correspondiente carrito de bebé, de un modelo similar al suyo. La recién llegada se paró también delante del estante de los huevos. Impulsada por el instinto maternal, se acercó a consolar al bebé de Melissa.
—Pero, mira, que cosa tan rica… ¿Qué te ocurre, preciosa?—La mujer reparó en el color de la ropa y dedujo acertadamente el sexo de la criatura.
—A mí me gustaría saberlo—resopló Melissa con resignación—lleva así un buen rato.
—Serán gases, seguramente, a la mía también le ocurre con cierta frecuencia—sentenció la otra señalando su carrito.
—Pero ahora duerme como una bendita—hizo notar Melissa tras acercarse a mirar—Ay, por favor, que linda princesita…está para comérsela.
La pequeña, que dormía plácidamente, era una auténtica monada. Con sus rasgos angelicales y sus ricitos dorados, a Melissa le recordó a la protagonista del célebre cuento infantil. Daba gusto verla así, dormidita. Melissa se embobó contemplándola, deseando que los osos del cuento demoraran su regreso.
—Ahora,…bien dice usted, —exclamó la madre con un ademán significativo—si la viera usted por la noche…Uff, menudos pulmones que tiene mi Linda—concluyó, al fin, mientras continuaba con sus arrumacos al bebé de Melissa.
—Linda…—declamó Melissa con un matiz de aprobación—bonito nombre…
—Verdad que sí…por cierto, yo soy Sharon—le dio la mano a Melissa, con una radiante sonrisa animando su rostro cansado.
—Pues, encantada de conocerte, Sharon—Melissa se presentó a su vez—Nunca te había visto por aquí. ¿Eres nueva en el barrio?
—Ah, no, no soy de aquí. Sólo estoy de paso…Mira, —exclamó de pronto—tu hija se ha tranquilizado—Sharon la contempló con emocionada ternura—¿Cómo se llama? —dijo, mientras le acariciaba la sonrosada mejilla.
—Ariadna—respondió Melissa, sonriendo satisfecha, al ver que su niña al fin había dejado de llorar y sonreía a la desconocida.
—Parece que le has caído bien—añadió entre risas que sonaron como un alegre cascabeleo—Linda, en cambio, sigue durmiendo como una lironcita. Parece que tenía mucho sueño atrasado.
—Puede ser—se apresuró a replicar Sharon—Normalmente, no da guerra por las noches. Suele dormir como un ángel. Pero ayer, casualmente, se despertó varias veces, y le dio por berrear, tanto o más fuerte que la suya hace un momento.
—¿Cuánto tiempo tiene? —Melissa no se cansaba de admirar la carita de Linda, recreándose en la perfección de sus rasgos, tanto que, pensando que su Ari podía sentir celos, se sintió culpable y dedicó toda su atención a su hija, la cual, como queriendo confirmar sus temores, le dedicó la más esplendorosa de sus sonrisas, al tiempo que tendía sus bracitos.
—Cumple 6 meses la próxima semana—respondió Sharon, lacónica.
En su rostro se dibujó una expresión de pesar, como si una nube de tormenta ocultara el sol de repente. Melissa se extrañó de su repentino cambio de actitud y quiso saber la razón.
—No, no, no me ocurre nada—se apresuró a tranquilizarla Sharon esgrimiendo un gesto elocuente—es que…—titubeó brevemente—antes de Linda tuve un aborto. Algo muy doloroso, sólo lo sabe la que pasa por ello. Por eso, celebramos la llegada de esta niña como un don del cielo…—su voz se quebró mientras acariciaba, con infinita delicadeza, el rostro tranquilo del bebé dormido. —ya te puedes imaginar…—terminó, finalmente, al tiempo que se enjugaba las lágrimas que corrían por sus mejillas.
—Vaya, no sabes cuanto lo siento—en la voz de Melissa latía un sincero pesar— Y a todo esto…—continuó, rápidamente, para cambiar de tercio—yo había venido aquí con la intención de comprar huevos…
—Ay, vaya, perdona, mujer, por entretenerte con mis cosas—Sharon estalló en una espontánea carcajada, distendiendo el ambiente. El sol volvió a asomar tras las nubes iluminando su rostro doliente.
—Nada, no hay nada que perdonar, en realidad he pasado un rato muy agradable charlando contigo—replicó, conciliadora Melissa—pero ahora debo centrarme en la compra o mi madre me va a matar.
—¿Huevos, has dicho? —repitió Sharon—pues ahí los tienes, a docenas, delante de ti.
—Sí, pero fíjate, les han puesto a todos la pegatina de CADUCADOS—Melissa tomó una caja y se la mostró—¿No te parece raro?
Sharon observó el envase de cartón que lucía, en la parte superior, una hermosa gallina roja rodeada de adorables pollitos. A continuación, emitió otra sonora carcajada.
—Pero, mujer, ¿es que no sabes que día es hoy? …28 de diciembre, los Santos Inocentes. Seguro que es una broma...Si te fijas bien, verás por algún lado la verdadera fecha de caducidad—giró la huevera para inspeccionarla con atención, terminando por desistir al cabo de un rato de atento examen ocular.
—Eh, mira, por allí va la encargada—señaló hacia el fondo del pasillo—pregúntale a ella, pero va a ser lo que yo te dije, eso seguro…
—Pues es la broma más tonta que haya visto nunca—declaró Melissa, algo avergonzada, mientras movía la cabeza.
A continuación, tomó la huevera de manos de Sharon y corrió al encuentro de la encargada, después de haber tratado, en vano, de atraer su atención.
Tuvo que esperar pacientemente a que la empleada atendiera a una señora gorda, cargada de aparatosas joyas y pintada como una mona, que no atinaba a encontrar el puesto de las frutas; luego, llegó un mozalbete preguntando por las chuches, y, justo en el momento en que pudo quitarse al mocoso de encima, la empleada fue requerida a través de los altavoces para que acudiera a caja sin demora.
Y allá que se fue la obediente empleada dejando a Melissa con un palmo de narices y una huevera de cartón que lucía, en su parte superior, una hermosa gallina roja con 7 orondos pollitos, y con una pegatina en un lateral que reza CADUCADOS.
Francamente irritada por aquel enojoso asunto, Melissa respingó de repente, reparando en que, por unos minutos, se había olvidado de Ariadna, así como de Sharon y Linda. Giró como un resorte, respirando aliviada al ver el carrito dónde lo había dejado, frente al estante con los huevos de los demonios. Sharon se cansó de esperar y se había marchado sin despedirse. Bueno, pensó Melissa, era natural, acababan de conocerse…aún así, lamentó su marcha, sin saber muy bien porqué.
Pero…Ariadna…era raro que no la hubiera reclamado, tras quedarse sola…
—¿Te has dormido, cariño? —canturreó Melissa mientras se aproximaba velozmente al carrito.
En ese momento, encontrándose a una distancia de unos dos metros del carricoche, se quedó paralizada, tratando de asimilar lo que veía.
Aquel cochecito, aún siendo casi idéntico al suyo, le resultaba completamente extraño…no…no podía ser…
Se abalanzó sobre él y destapó la cara del bebé que dormía dentro.
La niña seguía durmiendo plácidamente, frunciendo su boquita en un gracioso mohín, mientras, sobre su delicada y tersa frente se derramaba una auténtica cascada de rizos dorados.
La docena de huevos se estrelló contra el suelo, rompiéndose cuatro de ellos.
Melissa corrió hasta el extremo del pasillo berreando el nombre de su hija. Se sentía flotar, atrapada en una angustiosa sensación de irrealidad, como si todo aquello le estuviera pasando a otra persona.
La gente comenzó a agolparse a su alrededor.
Derribó a un par de viejas y a una niña con trenzas mientras regresaba a la carrera junto al carrito de Linda. Allí resbaló sobre los huevos derramados y salió despedida llevándose por delante el carricoche del bebé, el cual acabó estrellándose contra la estantería de los cereales y las galletas.
Justo en ese momento, a gatas sobre el suelo, Melissa oyó el llanto de un bebé hacia la puerta de entrada, un llanto que reconocería entre un millón.
La joven madre gritó hasta enronquecer, mientras corría a trompicones por el pasillo de las bebidas. Al final del mismo, justo frente a los lácteos, se topó con su carrito.
Estaba vacío. Ni rastro de la pequeña Ariadna. En el fondo, no le supuso ninguna sorpresa.
Volvió a oír el añorado llanto, más débil ahora, alejándose, hasta extinguirse por completo.
Desbocada y desesperada, Melissa voló, literalmente, buscando la salida a ciegas, cómo una asustada golondrina que se hubiera colado por error dentro de una casa.
Y al pie de la estantería contra la que se había estrellado, emergiendo entre un montón informe de paquetes de Kellogs y galletas tostadas María, veíase el otro carrito, volcado. Su infortunada pasajera había salido despedida en el fatal accidente yendo a parar unos metros más allá.
Allí yacía, la bebé Linda, inmóvil y silenciosa, sin variar un ápice la apacible expresión de su rostro angelical, sumida en un sueño plácido…y eterno.





sábado, 5 de enero de 2019

EL ÚLTIMO VIAJE





Pablo Castroviejo partió antes del alba, en una madrugada fría de rosas deshojadas y mariposas muertas.
La tarde del día anterior la había pasado en el porche, a la sombra del rosal emparrado, reposando plácidamente. Durante dos horas largas, Pablo Castroviejo había dormitado, leído, y organizado mentalmente el largo viaje del día siguiente, mientras una enorme mariposa violeta revoloteaba incansable entre las rosas y los setos recortados.
Finalmente, decidió entrar en casa cuando el sol fue engullido por un horizonte erizado de pinos y la temperatura comenzó a descender. Allí dejó, aún, a la alada y grácil bailarina malva, ejecutando su interminable coreografía.
Esta mañana la había encontrado yaciendo en el suelo de piedra, sobre un lecho de pétalos mustios entre lágrimas de rocío.
Lo sacudió un fugaz escalofrío. Pablo Castroviejo tuvo un mal presentimiento, como si algo, en alguna parte, hubiera comenzado a moverse para que las cosas no salieran del todo bien a lo largo de esa jornada.
Antes de subir al coche, contempló el pueblo a sus pies, amortajado por un sudario de niebla. Su mirada tenía algo de despedida. Le embargó una sensación de melancólica tristeza.
Retornó el escalofrío de antes. Sintió una punzada de angustia, tan breve como estremecedora. Ese fue el segundo presagio premonitorio. Por un momento, creyó escuchar el ruido de los engranajes, allá en la distancia, poniendo a funcionar alguna suerte de maquinaria funesta.
El tercer aviso, no hay dos sin tres, lo asaltó mientras se aproximaba a la cima del puerto, al contemplar los gigantescos molinos de viento recortándose contra el cielo.
Pablo Castroviejo experimentó una brutal sensación de pánico, paralizante e irracional.
Detuvo el auto y a punto estuvo de dar media vuelta y regresar al pueblo. Definitivamente, algo no iba bien.  Bajó la ventanilla para despejarse, respiró hondo, y haciendo un supremo esfuerzo decidió continuar su camino.
Y justo en ese momento, a unos cuántos kilómetros de allí, en plena campiña leonesa, un singular campesino se preparaba para comenzar la faena.
Con deliberada parsimonia, introdujo la piedra de afilar en el cuerno y se lo ciñó a la cintura, cual singular pistolero aprestándose para el duelo. A continuación, arrojó la guadaña a la parte de atrás de una vieja camioneta, se subió al vehículo y arrancó, rumbo a los campos de trigo que se extendían al otro lado del Cerro Grande.
Una vez allí, se desvió por un camino de tierra, justo a la vera de una señal de curva peligrosa que se alzaba al final de una larga recta descendente.
Estacionó la camioneta al borde del mar dorado de cereal, apagó el motor, y oteó el horizonte que comenzaba a clarear hacia el Este. El campesino sonrió satisfecho. Aquella prometía ser una jornada provechosa.
Aguardó con paciencia hasta que vio aparecer la luz de los faros a lo lejos, en lo alto de la loma. El automóvil comenzó a descender el puerto a gran velocidad aproximándose a su posición.
La sonrisa se acentuó en el rostro enjuto del centinela, mientras en sus ojos, oscuros como pozos insondables,  asomaba un destello de malsana diversión.
Descendió de la camioneta, agarró la guadaña, la afiló con mano experta y comenzó a segar.
El hombre que había desdeñado tres avisos entró en la curva a más de 80 km por hora, perdió el control del Range Rover, color café, y se empotró contra la señal de peligro arrancándola de cuajo.
Momentos después, Pablo Castroviejo se encontraba al lado de la camioneta, sin recordar en absoluto cómo había conseguido llegar hasta allí.
El campesino dejó de segar y se acercó hasta él.
—¿Puedo ayudarle, amigo? —interpeló el segador, mientras se levantaba el ala del sombrero para secarse el sudor.
—Claro, claro que puede…—Se apresuró a replicar Castroviejo—. Acabo de sufrir un grave accidente. ¿Puede acercarme al hospital más próximo?
Por toda respuesta, el campesino arrojó la guadaña y el cuerno de afilar a la parte de atrás de la camioneta y lo invitó a subir con un gesto elocuente.
—Me ha venido usted como llovido el cielo—declaró Pablo Castroviejo, mientras se acomodaba en los duros asientos del desvencijado todoterreno.
—¿Del cielo, dice? —el segador arrancó y engranó la primera—Bueno, no vengo de ahí, exactamente, pero es curioso que diga usted eso…Sí, sin duda es muy curioso…
Sin darle tiempo a su pasajero para que asimilara la enigmática respuesta, enfiló la pista de tierra de regreso a la carretera principal.
Al pasar al lado del coche accidentado, el conductor de la camioneta le hizo una señal perentoria e inequívoca.
Pablo miró el Range Rover, siniestro total, y se vio a sí mismo, cubierto de sangre, con la cabeza emergiendo a través del destrozado parabrisas.
Quiso gritar, pero no lo consiguió. A duras penas, logró articular:
—Pero… ¿Qué…? ¿Qué pasa aquí…? ¿Quién demonios es usted…?
Sin dejar de mirar al frente, el campesino respondió lacónico:
—Un funcionario del Destino, amigo, eso es lo que soy. Me limito a cumplir con mi deber—sentenció, al tiempo que comenzaba a acelerar.
La destartalada camioneta tomó rumbo hacia el Oeste. Una estrella imposible surcó rauda la campiña cuando los primeros rayos de sol impactaron contra el acero curvo de la guadaña.
Nacía una nueva jornada.
                                                       FIN








viernes, 29 de junio de 2018

RESURRECCIÓN



RESURRECCIÓN

Un buen día llegaron los hombres y las mujeres. Todos vecinos de Castropol, todos con ganas de trabajar. Desinteresadamente.
Vinieron cargados de herramientas y buenas intenciones.
Cortaron las zarzas y las hiedras, limpiaron el patio y despejaron la huerta.
Libre de la maleza opresora y asfixiante, el palacio de Valledor respiró aliviado ensanchando sus pulmones de piedra.
El color de la vida retornó a sus paredes grises y a sus ventanas verdes, tras largos lustros sepultadas y a merced del invasor.
Un hondo sentimiento de bienestar y gratitud infinita se adueñó del alma de la vieja casona.
El vigor juvenil de antaño pareció animar de nuevo sus músculos y huesos, varias veces centenarios.
La sangre de la memoria fluyó con renovados bríos a través de las ancianas arterias e irrigó las agostadas neuronas haciendo reverdecer los recuerdos.
El palacio de Valledor volvía a nacer.
Como un ave Fénix colosal resurgía de entre las cenizas del olvido, desplegaba sus alas ciclópeas y muy pronto, pletórico, surcaba de nuevo los cielos.
Al fin se marcharon los obreros y aparecieron los músicos.
La banda de gaitas “El Penedón” estableció allí su cuartel general.
Los acordes festivos retumbaron entre las paredes aletargadas y estremecieron los cimientos enmohecidos.
Las familiares melodías espantaron la tristeza y barrieron la melancolía que, como pátina desolada, rocío funesto, sudario invisible, habían recubierto por entero la maltratada piel del palacio.
La arrolladora cascada de notas verbeneras se derramó, impetuosa y exploradora, reverberando hasta el último y adormecido rincón, reventando la burbuja del silencio, enclaustrado y polvoriento.
Y con la música llegaron los niños.
Armados con tizas de colores, tomaron el patio y lo llenaron de nombres y risas.
El familiar bullicio infantil, largamente añorado, rompió las barreras del tiempo y tendió puentes a través de los abismos de la memoria fusionando pasado y presente.
Ahora, al fin, el palacio de Valledor emergía del largo túnel y encaraba un futuro halagüeño cargado de ilusión y optimismo, presto para continuar acrecentando su historia de siglos.




domingo, 20 de mayo de 2018

UN DÍA INOLVIDABLE




                                   UN  DÍA  INOLVIDABLE

Grabados a fuego, con hierro candente. Así permanecerán en la memoria de los ciudadanos de este país, los extraordinarios acontecimientos que tuvieron lugar en aquella memorable jornada del 14 de setiembre de 2018.
Los increíbles y chocantes sucesos, nunca contemplados por estos lares, y tampoco en ningún otro, coparon portadas, llenaron telediarios y colapsaron las redes sociales durante días y días.
Todo comenzó a media mañana del Día de Autos, cuando en una céntrica calle de la ciudad de Burgos, un operario del Ayuntamiento que reparaba una acera fue arrebatado del suelo por una fuerza prodigiosa e invisible, y tragado, en cuestión de segundos, por la capa de nubes bajas que se cernía a esa hora sobre la capital castellana.
Ni sus consternados compañeros de faena, ni los atónitos viandantes pudieron hacer nada por impedir su meteórico ascenso. Tan imprevisto y vertiginoso fue éste, que nadie consiguió reaccionar, nadie pudo hacer el más mínimo ademán por retenerlo.
En iguales o similares circunstancias, despegue repentino y centelleante elevación a las alturas, se esfumaron varios trabajadores a lo largo y ancho de la geografía patria, durante la siguiente media hora con intervalos variables entre ellos de unos pocos minutos.
En orden cronológico, la relación de insólitas ascensiones a los cielos fue la que se detalla a continuación. El operario burgalés, pionero en la sorprendente modalidad de fulminante despegue vertical, fue secundado por un jornalero que laboraba en una finca de Cáceres; por un vendimiador, en una viña del Bierzo leonés; por un obrero de la construcción, que arreglaba un tejado en un caserío de la huerta murciana; y, finalmente, por un albañil, encaramado a un andamio, en un pueblo de Zaragoza.
En todos los casos, los pasmados testigos, coincidieron en que los infortunados currantes parecían haber sido succionados por una especie de aspiradora de colosales dimensiones, situada más allá de la estratosfera.
Unos diez minutos después de que el albañil maño se convirtiera en un proyectil humano impulsado por un cañón fantasma, corrió idéntica fortuna un caballo de carreras que competía en el hipódromo de Salamanca en una carrera de obstáculos.
En tamaña y análoga tesitura encontrose, muy a su pesar, un congénere del anterior, a lomos del cual un avezado picador trataba de castigar a un Mihura cornigacho en la plaza de Las Ventas, llena a reventar.
En ambos casos, jinete y rejoneador, respectivamente, salieron despedidos de sus monturas como derribados por un viento huracanado, nivel 5, un momento antes de que los desventurados animales fueran propulsados cual voladores en una verbena de prado.
Ambos declararían más tarde, aún tartamudos y temblorosos, que habían sentido algo parecido a la onda expansiva provocada por una bomba de inimaginable potencia.
Incluso allí donde los cielos estaban más despejados, los impactados espectadores del singular drama apenas si pudieron seguirlos, a hombres y animales, unas décimas de segundo antes de que se evaporaran en la inmensidad de la bóveda celeste.
Alrededor del mediodía, más o menos una hora después del comienzo de la esperpéntica función, los habitantes de la ciudad de Sevilla, que a esa hora paseaban por sus calles aprovechando el día de sol radiante, observaron, absolutamente patidifusos, como la Giralda despegaba del suelo y salía catapultada hacia las alturas en un abrir y cerrar de ojos, literalmente.
El gracejo andaluz, de probada rapidez y eficacia a la hora de establecer comparaciones más o menos ingeniosas, no tardó en poner de relieve el evidente paralelismo con el lanzamiento de un cohete de la NASA, tipo Apolo XIII o similar, aunque todos parecían estar de acuerdo en que la milenaria torre árabe se había elevado, incluso, a una velocidad netamente  superior.
El castillo de Montjuic fue el primero en seguir el ejemplo, aunque en este caso sólo una parte del mismo fue arrancada de cuajo y convertida en un bólido rumbo al espacio interestelar.
No hay dos sin tres, dicen, y una vez más se cumplió la máxima.
La Torre de Hércules, en La Coruña, completó la singular triada de edificios voladores.  
El día tormentoso, con algún trueno ocasional, y la privilegiada ubicación del faro gallego en lo alto de un pronunciado promontorio, añadió, si es que eso era posible a estas alturas de la película, más fuerza escénica al alucinante espectáculo.
La enhiesta torre gris fue arrancada desde sus cimientos con la misma facilidad con que un niño desarraiga una margarita, provocando una ensordecedora explosión que sacudió los terrenos adyacentes como un terremoto de baja intensidad.
Aquellos, presentes en el lugar, que cerraron los ojos, asustados, cuando volvieron a abrirlos sólo vieron un enorme agujero entre una nube de polvo. De la torre que allí se levantaba desde muchos siglos atrás no quedaba ni rastro.
El último acto del más formidable drama nunca representado tuvo lugar a las 12.30 de la mañana en la calle Uría de Oviedo.
A esa hora, en un día con algunas nubes sobre la capital asturiana y una agradable temperatura, un hombre fornido y de gran estatura logró burlar el cordón de seguridad y propinar un soberano empujón a su Majestad el Rey, que a la sazón se disponía a entregar los premios Princesa de Asturias en el teatro Campoamor.
De resultas del sorpresivo ataque el monarca cayó cuan largo era, dando con sus regios huesos contra el duro asfalto ovetense.
Y fue en ese preciso momento cuando, desde las alturas, tronaron vozarrones apocalípticos:


—Jaque mate, Yahvé, jaque mate. Te he vuelto a ganar, viejo carcamal.

—Mal rayo te parta, Zeus, mal rayo te parta, a ti y a todo el Olimpo. Ya veremos quién ríe el último. Para la próxima partida, salgo yo con blancas. 


lunes, 7 de mayo de 2018

LA VOZ DE TUS SUEÑOS




Quedó prendado de su voz desde la primera vez que la escuchó.
Era una voz hechicera, cálida, sugerente, sensualmente arrebatadora. Era una voz que arañaba el alma, mordía la conciencia, secuestraba la cordura y agotaba los adjetivos del diccionario.
Las inenarrables ondas sónicas, diríase que emitidas por las sublimes cuerdas vocales de alguna diosa olímpica, recorrían, cual delicioso torbellino, su conducto auditivo externo; vibraba el tímpano de puro goce estremecido, se ablandaba el yunque en calor orgásmico fundido; ebrio de dicha, suspiraba el estribo añorando lejanas monturas, galopando por la llanura hacia el ocaso; exultante el caracol, perdía la dignidad y la vergüenza, y enseñaba sus cuernos al sol. Nunca, en su genética modestia, hubiera imaginado el humilde y sufrido nervio auditivo que llegaría a ser el mensajero destinado a transmitir las más extraordinarias vibraciones acústicas que cerebro humano conociera jamás.
Cada palabra, cada sílaba, cada fonema pronunciado era un relámpago, invisible pero formidable, que convertía sus neuronas en fuegos artificiales. Los destellos, breves pero deslumbrantes, alumbraban playas de aguas diáfanas y finísimas arenas blancas, altas montañas cubiertas de nieve inmaculada, bosques antiquísimos surcados por sendas inmemoriales…
La desnudaba con dedos temblorosos, liberándola de sus ropajes rígidos y acartonados. Conocía cada milímetro de su evocadora anatomía. Con los ojos cerrados recorría su geografía acogedora, acariciándola con ansiosa ternura, anticipando océanos de voluptuosidad, hasta localizar el pequeño botoncito cuya leve presión digital bastaba para encenderla y hacer que su anhelado rostro resplandeciera radiante.
Después, ella hablaba, borrando el mundo y paralizando el tiempo.

—Continúe por su derecha; luego, cruce la rotonda y tome la segunda salida hacia la playa de San Lorenzo.

Y él, como un niño travieso, la hacía rabiar, ignorando sus órdenes, deliciosamente rotundas y precisas. Conducía erráticamente, dibujando rutas delirantes, para que la voz no se callara nunca, para que, como el pastor a la oveja descarriada, tratara de devolverlo a la senda correcta, con infinita paciencia y conmovedora perseverancia.
Y con cada palabra, cada sílaba y cada fonema él iba construyendo pieza a pieza la fantástica estructura de su dueña.

                    —Ha llegado a su destino.


viernes, 20 de abril de 2018

ESPANTAPÁJAROS




                                          ESPANTAPÁJAROS

Lawrence McQueen, más conocido como “Larry, el Flaco”, nunca hubiera esperado encontrar una gasolinera en aquel remoto paraje, a decenas de millas de cualquier vestigio de civilización.
A juzgar por la maleza más que incipiente de su parte frontal y los letreros desvaídos, diríase que la vetusta instalación había plantado allí sus reales unas cuantas décadas atrás.
 Larry, “el Flaco”, jamás hubiera sospechado, además, que hallaría una persona al cargo de aquel negocio, ruinoso a todas luces, esperando con infinita paciencia a que alguien se extraviara en ese rincón de Texas dejado de la mano de Dios.
Aunque, eso de persona o ser humano era relativo. El tipo que acudió al encuentro de Larry y su Range Rover, recordaba más bien a un singular espantapájaros.
Lucía una increíble mata de pelo rojo que parecía haber sido el escenario reciente de una encarnizada pelea de gatos. Emergía ésta como una cascada alborotada por debajo de las alas de un aparatoso sombrero de paja que a duras penas lograba cubrir el cráter de aquella especie de volcán desmelenado. Una gruesa camisa de franela, amarrada en la cintura a la manera de un fraile, caía sobre un viejísimo pantalón de pana a media pantorrilla.
—¿Llenamos el tanque, caballero?
Larry respingó. Se sorprendió de que el espantapájaros supiera hablar.
—¿Qué?—titubeó, desconcertado.
Luego, se echó a reír al reparar en lo absurdo de la situación. El empleado pelirrojo se quedó mirándolo con expresión malhumorada.
—¿Qué demonios le hace tanta gracia, amigo? —sus ojos refulgieron bajo las tupidas cejas, a juego con la espesa pelambrera—. Si me lo cuenta, a lo mejor nos podemos reír juntos—añadió, mientras permanecía muy quieto.
—Perdone, no pretendía ofenderlo—se apresuró a replicar un acongojado Lawrence—. Es que usted me ha recordado a un amigo mío, muy gracioso.
Desde luego, improvisar nunca había sido el fuerte de Larry. Sin embargo, el sorprendente pelirrojo pareció aceptar de buen grado su peregrina declaración. Su rostro de duende iracundo mutó en payaso bueno mientras procedía a llenar el depósito.
Cuando Larry extrajo la cartera, el espantapájaros volvió a sorprenderle.
—Guarde eso, por favor, invita la casa.
Larry trató de insistir, pero el empleado se mantuvo firme.
—He dicho que no—su tono de voz no admitía réplica—¿Acaso le sobra el dinero, amigo? 
Larry desistió en su afán, le dio las gracias y se despidió.
—Oiga, oiga, no tan deprisa, no tan deprisa—el pelirrojo se interpuso en su camino—. No quiero su dinero, pero sí necesito que me haga un pequeño favor.
El extraño individuo se tocó su llamativo sombrero de paja.
—¿No tendrá por ahí un trozo de lana roja para sujetar mi sombrero? Es que se me cae todo el tiempo, ¿sabe?; y eso es muy molesto, amigo, eso es terriblemente molesto.
—¿Lana roja, dice? —consiguió articular Larry—. Pues no, lo siento. No la tengo, ni roja ni de otro color…
—Necesito lana, lana roja,—recalcó impaciente—y la necesito ahora—. Remató, al tiempo que agarraba, furioso, el sombrero con ambas manos tratando, en vano, de encasquetarlo mejor.
A Larry le recordó un niño caprichoso en plena rabieta.
Rápidamente, se introdujo en el coche, arrancó y se dispuso a largarse de allí cagando leches. Aquel tipo estaba peor que una regadera.
El espantapájaros, moviéndose a una velocidad prodigiosa, ocupó el lugar del copiloto.
Antes de que Larry atinara a reaccionar, el hombre se quitó el sombrero con gesto solemne y lo sujetó contra su pecho. En su cara de duendecillo gruñón se dibujó de pronto una mueca de absoluta tristeza. Luego, le habló a Larry por última vez, y su voz sonó profundamente abatida, al tiempo que el rictus desolado se acentuaba en su rostro sombrío.
—Tenga cuidado con el hilo rojo, amigo. Es la señal de la muerte.
Cerca de media hora y unos 40 km. después, circulando de nuevo por la autopista, de regreso al mundo civilizado, Larry reparó en que el extraordinario personaje había olvidado su sombrero. Si no fuera por aquel contundente detalle, habría jurado que acababa de despertar de una perturbadora pesadilla.
En ese momento sonó el móvil conectado al GPS.
—Larry, por fin, ¿dónde estabas? —la voz de su esposa Mary sonaba levemente irritada—. Llevo llamándote toda la mañana.
—Me perdí, nena. Tomé una ruta equivocada. Pero ya estoy en el buen camino, a pocos km. de casa.
—Tommy actúa hoy en el Festival del cole, dentro de una hora escasa. He tenido que salir a la carrera a comprarle una cosa para su disfraz. Así, de repente, se le ocurrió que le hacía mucha falta. Bueno, adiós amor, tengo muchas ganas de verte—. Mary se despidió con un sonoro beso.
—Adiós, preciosa, tantas como yo a ti. Y el beso, mejor en vivo—. Remató Larry, añorando los carnosos labios de su esposa.
Luego se esforzó, sin éxito, en recordar la obra de teatro que debía representar su hijo
Unos 10 minutos más tarde, enfilaba la larga avenida que conducía a su hogar. A lo lejos, a la altura de su chalet, divisó un corrillo de gente ocupando el paso de cebra que permitía cruzar hasta la mercería de enfrente.
Segundos después, se encontraba contemplando el cuerpo inmóvil de su esposa que yacía sobre el asfalto, víctima de un brutal atropello.
Sonámbulo, reparó en la bolsa de la mercería que aún aferraba la mano inerte de Mary. Entre las finas asas, asomaba una gruesa madeja de lana roja.
En ese momento se hizo la luz en el cerebro de Larry.
La obra de Tommy era “El Mago de Oz” … y también supo con absoluta certeza cuál de los tres personajes masculinos tenía que interpretar su hijo.
En sus oídos resonó una voz, aterradoramente familiar.
“Puede apostar lo que quiera a que el sombrero se le va a caer. Y eso es molesto, amigo, eso es terriblemente molesto.”
Después, la luz se apagó y todo fue negrura.