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jueves, 19 de marzo de 2020



                  EL  UMBRAL  DEL  TIEMPO


Nicolás Villamañe decidió entrar en la forja en ruinas, donde su difunto abuelo Constante había trabajado hacía más de 50 años.
Se quedó paralizado, física y mentalmente. Mudo de asombro, miraba a su alrededor con ojos alucinados.

Todo estaba como lo recordaba de niño.

Las paredes tiznadas, las oscuras vigas, los bancos de madera, el fuego en la fragua, las herramientas del abuelo sobre la robusta mesa de roble…
En un almanaque, colgado en la pared, aparecía la leyenda “Ultramarinos Alejandro”,  recubierta por una capa de hollín. La hoja del mes, sin embargo, lucía inmaculada, y correspondía a julio del año 1960
Nicolás hizo memoria y recordó que la tienda de Alejandro había cerrado a finales de los años setenta. 

A través de una pequeña ventana, el sol de aquel  verano remoto se abría paso entre las sombras dominantes.

Nicolás trató de ir hacia ella, pero sus piernas se negaron a obedecerle.

En ese preciso instante, presintió que alguien más se acercaba. Y también supo, con irracional certeza, que nada bueno le podía suceder si ése alguien lo encontraba allí, en aquel lugar y en aquel tiempo, sobre todo en aquel tiempo.
Presa de un terror angustioso, retrocedió a trompicones, y salió al exterior.

Boqueando como un pez fuera del agua, con el corazón al galope, Nicolás derramó lágrimas de inmenso alivio al reencontrarse de nuevo con su querido mundo del año 2020, que, por un momento, había creído perdido para siempre. 
Momentos después, la extraña aventura vivida se había reducido a una nebulosa pesadilla.

Al día siguiente, aproximadamente a la misma hora, regresó a la casa en ruinas, y se sentó sobre la hojarasca de la entrada, sin atreverse, de momento, a penetrar en su interior.
A las 18:47 comenzó a rememorar con claridad lo sucedido el día anterior.
Unos minutos más tarde, retornó aquella especie de bruma mental difuminando sus recuerdos. Eran las 19:14. 

Esperó un tiempo prudencial, antes de levantarse y traspasar el umbral de la puerta. No sucedió nada extraño. Al otro lado del dintel en forma de media luna sólo había lo que realmente se veía desde fuera: muros derruidos, cubiertos de hiedra y zarzas.

De las historias y películas de ciencia ficción, había aprendido que los viajes en el tiempo acostumbraban a regirse por un determinado patrón. H. G. Wells, Ray Bradbury y Stephen King, entre otros, resultaron unos maestros muy aleccionadores. Sacó un cuaderno y comenzó a escribir.

“Regla  1
:   La puerta hacia la dimensión paralela se abre, aproximadamente, entre las 18:47 y las 19:13.  Perduración: se repite durante ¿¿2, 4, 6...?? días. 
Periodicidad: se repite cada  ¿¿60 años??.

Regla  2
:   Más allá del umbral, el tiempo transcurría con una casi inapreciable ralentización; suficiente, en cualquier caso, para acumular un retraso de 60 años a lo largo de varios millones.

"Regla  3:   Al atravesar la puerta y detenerse, quedaba inmovilizado y sólo podía volver sobre sus pasos, nunca caminar hacia delante. 

Acudió, de nuevo, al otro día.
A las 18 horas, 50 minutos y 47 segundos, cruzó bajo el pétreo dintel, y una vez dentro, trató de seguir caminando. Logró dar tres pasos, antes de que una fuerza irresistible le impidiera continuar avanzando. 
Nicolás desenfundó la cámara, y se dispuso a grabar. El icono de la batería parpadeó y la pantalla quedó en negro.

Regla  4
:   Imposible grabar el pasado.

El abuelo Constante ensamblaba un juguete de madera.  Se trataba de un carro al que antaño se uncía una yunta de bueyes. Su familiar chirrido era la melodía rural por excelencia.

Regla  5
:   La gente del pasado no podía verlo

El viejo rayo de sol trazaba una senda oblicua por la que iban llegando los  olvidados sonidos del campo; trinos gozosos, voces apagadas, cencerros cantarines, el murmullo de un viento perdido…

Aquel carro le resultaba familiar. Contemplándolo, Nicolás Villamañe olvidó el transcurrir del tiempo.

Su reloj marcaba las 19.17

Sufrió un violento sobresalto e intentó retroceder sobre sus pasos. El empeño resultó baldío. Sus pies eran dos planchas de plomo atornilladas al suelo de madera. 

La puerta se había cerrado.

En ese momento, comenzó a oír pasos que se aproximaban ascendiendo los tres escalones de la entrada. Nicolás pensó en una mosca, atrapada en la tela y a merced de la araña hambrienta.

La puerta de castaño se abrió a sus espaldas.
La imagen del visitante apareció reflejada en el espejo del fondo.

Nicolás lo reconoció al instante, y entonces lo comprendió todo. No tuvo tiempo para pensar nada más. El recién llegado lo atravesó limpiamente en su camino hacia el abuelo y el carro.

A Nicolás Villamañe le pareció ser alcanzado de lleno por un rayo de tormenta. Sintió un terrible calor y luego un frío infinito, mientras todo su cuerpo, la totalidad de su ser, se desmoronaba en un estallido de luz blanca, y luego giraba vertiginoso en un remolino de negrura. Después, sólo una profunda calma, el vacío y la nada.

Regla  6
:   ……………………………………………………….....................

Ese mismo día, 2 de julio del año 1960, una media hora más tarde, un niño pequeño bajaba por el camino hacia el pueblo tirando de su carrito de madera atado con una cuerda.

Ignoraba, afortunadamente, que, seis décadas después, entraría en la forja en ruinas del abuelo, atravesaría tres veces el umbral bajo el dintel con forma de media luna, y el tercer día desaparecería de manera inexplicable, sin dejar rastro.















domingo, 23 de febrero de 2020




                                      EL REGRESO DE MAMBRÚ.

     “ Mambrú se fue a la guerra,
        que dolor, que dolor, que pena…”

Mi marido regresó del frente una tarde ventosa de noviembre. Apareció de repente, como un fantasma. Nadie me avisó de su vuelta. Hacía siete meses que se había ido. En todo este tiempo no tuve noticias suyas.
Regresaba con un pequeño macuto al hombro, una medalla de San Cristóbal en el pecho y varias cicatrices. Regresaba con los pulmones tocados y una bala alojada cerca de la columna. Regresaba con la mente confusa y el alma desollada. Regresaba porque lo habían licenciado, declarándolo inútil para el ejército. 
Esto lo supe bastante después.  Para entonces, ya había caído la noche. En noviembre, los días son cortos y todo parece muerto.
Y eso me pareció al verlo, un muerto resucitado. Permanecía allí, en el umbral de la puerta, quieto y mudo, la mirada errática esquivando el anhelo asombrado de mis ojos.
No trató de abrazarme, yo tampoco lo hice.  Pensé que si lo tocaba, desaparecería, se esfumaría como el humo entre los dedos.
Cuando habló, lo hizo con una voz extraña, y lo que me dijo aun fue más extraño.
          “Traigo la guerra metida dentro de mi cabeza. Es como un maldito parásito que nunca está quieto y que nunca se calla. Tengo que sacarlo de ahí antes de que me vuelva loco”
Con un brusco ademán, me indicó que me apartara, y penetró en el interior de la casa. Entró hasta la cocina, literalmente, y se puso a revolver dentro de la alacena.
          “¿Qué estás buscando?”
Por toda respuesta, se giró hacia mí blandiendo en su mano derecha un afilado cuchillo.
          "¿Qué vas a hacer con eso, Ramón?”
       "Prepararme algo de comer. Estoy muerto de hambre. Siete meses comiendo ese asqueroso rancho matan a cualquiera…¿Qué creías qué iba a hacer”?
No respondí. Me asaltó una risa incontrolada. Un torrente de carcajadas que alivió la tremenda tensión acumulada, a punto de desbordarse.
          “…Tengo que sacarlo de ahí…”
¿Qué demonios quería que pensara al verlo con el cuchillo, a un palmo escaso de su cabeza…? No era difícil imaginar un macabro desenlace. ¿Acaso vosotros no hubierais pensado lo mismo…?
Partió una hogaza a la mitad, cortó dos gigantescas rebanadas y se preparó un descomunal bocadillo de jamón. Lo despachó en pocos minutos, acompañándolo con una jarra de vino tinto. Lo devoró con rabiosas dentelladas, como la hiena con el león al acecho, y trasegó directamente de la jarra asiéndola con las dos manos. Riachuelos olorosos surcaron su barbilla y alcanzaron su pecho tiñendo de rojo la medalla de San Cristóbal.
Vampiro condecorado: bonito cuadro, pensé.
Al terminar, lanzó un eructo que sonó como el disparo de un cañón. La guerra que tenía en su cabeza trataba de salir por donde podía.
A continuación, se echó de bruces sobre la mesa, y poco después roncaba igual que un bendito.
Durmió durante tres largas horas. Yo me senté y lo observé en silencio, medio sonámbula.
Despertó cerca de medianoche y comenzó a hablar. Habló hasta bien entrada la madrugada, habló hasta vaciar el saco de palabras que se había traído encima.
Habían venido a buscarlo una mañana radiante del mes de abril. Una jornada espléndida para pasear a la orilla del río y comer a la sombra del gran álamo. Pero, ese día, el ejército tenía otros planes para Ramón.
En el Cuartel les entregaron el fusil y el macuto, los metieron en camiones de ganado y los enviaron a primera línea del frente. En cada vehículo se hacinaban unos treinta o cuarenta. Rostros taciturnos y hostiles. Traquetearon varias horas por caminos de carro. Olor a excremento animal, a sudor y a miedo.
Su primera misión consistió en defender una estratégica loma. Cavaron trincheras. Tragaron polvo y masticaron rabia. El enemigo cargó a tumba abierta. Sobre sus cabezas, los aviones eran un enjambre de enormes avispas grises. Sus rugidos te dejaban sordo. Sentías estallar la cabeza. Los terribles aguijones caían y mordían sin cesar.
Murieron muchos y otros quedaron malheridos. Él fue uno de los pocos que lograron salvarse. Terminó con restos de metralla por todo el cuerpo y un tiro en la espalda a medio palmo de la médula.
Vio cabezas cercenadas, miembros arrancados de cuajo, pechos reventados, hombres despanzurrados que trataban de levantarse y resbalaban al pisar sus propias tripas…
          “La guerra está aquí dentro- se apuñaló la frente con los dedos - el parásito, María… —al menos, no había olvidado mi nombre—el maldito parásito que nunca se calla y nunca está quieto…”
No dijo nada más. Se levantó y subió a la habitación. Yo permanecí sentada.
Arriba, sonó un disparo.
Lo encontré tumbado en nuestra cama. Había agarrado la escopeta de caza y se había volado la tapa de los sesos.
Un único pensamiento germinó en mi cerebro como una flor pérfida y venenosa.
          “Ahora, el parásito podrá salir de la cabeza de Ramón”
"a Dios pongo por testigo" de que, justo en ese momento, pude ver como, a través del boquete abierto en su coronilla, emergía zumbando un enjambre de extrañas avispas grises que se fue por la ventana, dejando tras de sí un rastro de humo y un olor intenso a combustible de motor.
                    
                       “Mambrú se fue a la guerra,
                                   no sé cuándo vendrá…
                                   dorremi, dorrefa…"


















viernes, 24 de enero de 2020





                      TEMPORADA DE CAZA


El primer domingo de septiembre del año 2020 comenzaba en Asturias la temporada de caza. La anterior había resultado trágica. La fatalidad, aliada fiel de la imprudencia temeraria, se había llevado por delante la vida de tres hombres: dos cazadores y un montero.  De ahí que en la mente de todos los cazadores latiera un pensamiento común: extremar las precauciones y asegurarse bien antes de disparar.

Era mi primera jornada de caza. Estaba nervioso y emocionado. Y también asustado. Mi padre me había adiestrado para cuando llegara el gran momento. Esta noche apenas he pegado ojo. Me he desvelado temprano y he esperado, anhelando y temiendo, la llegada del nuevo día.

Se pusieron en marcha al despuntar el alba. La caravana de todoterrenos se dirigió al coto de Argul. Una gran manada de jabalíes había sido vista en las inmediaciones de un bosque de castaños y abedules, allí donde el arroyo, que brotaba en la falda del Pico del Moro, remansaba y ensanchaba su cauce, antes de continuar su raudo descenso al encuentro del río Agüera.   
Alcanzado el paraje de destino se apostaron en lugares estratégicos.
Un estruendoso y discordante concierto de furiosos ladridos, gritos de viva voz y órdenes apresuradas, trasmitidas a través de las emisoras, reventó la tranquilidad de la fría y despejada mañana de principios de septiembre.

Yo trataba de mantener la calma en medio del abrumador alboroto;  pero, el corazón me latía muy rápido y la suprema excitación del momento me impedía pensar con claridad. Me dejé llevar por mi instinto.

Los hombres aguardaban con las escopetas preparadas, el pulso acelerado y la respiración contenida. Se avistaron los primeros movimientos de los animales que fueron puntualmente radiados en vivo y en directo. Los monteros descendieron por la ladera boscosa para levantar las presas y forzarlas a dirigirse al otro lado del riachuelo, a campo abierto.

Me separé de mis compañeros y me interné entre los árboles. En ese momento escuché un ruido cercano. Era un sonido inconfundible y se aproximaba rápidamente. Me parapeté al lado del castaño más grueso del bosque, aguardando.
Y entonces, lo vi.
Se trataba de un ejemplar joven. Estaba muy quieto y me miraba. En sus ojos había sorpresa y también miedo.

Durante un largo minuto, ninguno de los contendientes realizó el menor movimiento. Tenían los músculos en tensión y la respiración acelerada; todos los sentidos en estado de máxima alerta.
De repente, un potente vozarrón se elevó por encima de la bulliciosa algarabía y dio la voz de alarma.
—¡Que van ahí!... ¡Que van ahí!...

El grito rompió el hechizo. Me giré rápido y corrí monte abajo. Mi antagonista hizo lo mismo en dirección opuesta.

La manada de jabalíes irrumpió en estampida de entre los árboles. Los perros se lanzaron a degüello entre ladridos frenéticos y carreras enloquecidas. Explotó un maremágnum de órdenes perentorias y juramentos entrecortados. Sonaron varios disparos. Su eco rabioso se multiplicó retumbando entre los montes.
Un berrido de agonía se elevó entre el clamor general. Algo grande y pesado se desplomó entre los abedules que bordeaban el arroyo y cayó sobre las aguas. Allí se quedó, retorciéndose entre espasmos convulsos y sangrando a chorros.  El regato se tiñó de rojo.  La muerte, como una plaga bíblica,  aleteó sobre el bosque.

Aquella noche tampoco pude dormir. Mi primera jornada de caza había resultado horrible, mucho más espantosa que lo que pudiera haber imaginado en la peor de mis pesadillas.
Mi familia y yo estábamos de luto. Mi padre había caído abatido entre los abedules a la vera del arroyo. Dos certeros y malditos balazos le habían destrozado la cabeza.

Su madre y sus hermanos tampoco dormían. Estaban nerviosos y asustados. No se oía una palabra. Sólo miradas inquietas, movimientos bruscos y algunos sonidos breves e inarticulados. No hacía falta más. Todos sabían lo que pasaba en ese momento por la cabeza de los demás. La  ausencia del cabeza de familia. Una sensación de pérdida y vacío, angustiosa y brutal.

Yo lo había visto caer a lo lejos. Su postrer alarido de muerte aun resonaba en mis oídos, y seguiría oyéndolo durante mucho tiempo. Después se habían llevado su cuerpo y no había vuelto a verlo. Y casi mejor así. Prefiero recordarlo tal como era, pletórico de vida, fuerte y vigoroso. Yo recorría los montes en su compañía y él no se cansaba nunca.
Yo no estaba asustado. Y tampoco nervioso. Sólo apenado. Y rabioso, muy rabioso, deseando vengar la muerte de mi padre. Estaba decidido. Iría a por ellos. Acabaría con ellos.
Llegaría hasta el final. Moriría peleando, si fuera preciso. Me comportaría como lo que era. Un  indómito jabato. Solo el joven humano que me había encontrado y permitido huir se libraría de mi ira mortal.

El jabato gruñó satisfecho. Su berrido ronco resonó en la calma del bosque mientras alzaba la dura jeta y miraba desafiante la Luna llena. A continuación, cruzó de nuevo el arroyo y afiló las navajas de sus colmillos en el castaño centenario.
Durante seis días y seis noches, las manadas de jabalíes en varios kilómetros a la redonda fueron reuniéndose junto al arroyo donde había caído abatido su congénere. Al amanecer del séptimo día, comandados por el hijo del difunto, comenzaron a descender hacia el pueblo. Todos tenían varias cuentas pendientes con los humanos, muchas muertes que vengar.

La caza había comenzado.

                                                  


martes, 31 de diciembre de 2019








                 EL  TÚNEL


El estudiante de Derecho había tomado el tren que hacía la ruta Oviedo-Ribadeo para pasar la Navidad con su familia en Castropol.

Lorenzo Conde se dispuso a estudiar a sus vecinos de viaje como si fueran los personajes de una novela de Agatha Christie o Patricia Highsmith. Había visto, al menos un par de veces, la película “Extraños en un tren” que el gran Alfredo realizara adaptando la obra homónima de la escritora.

Enfrente suyo se sentaba una monja de clausura ataviada con el hábito reglamentario. La religiosa ocupaba su tiempo en la lectura de una pequeña Biblia. A Lorenzo le provocó una aguda sensación de antipatía y rechazo. El rostro de rasgos angulosos, ojos duros y boca cruel hablaba de un carácter despiadado, guiado por inquebrantables principios. Por su edad ya avanzada, Lorenzo la catalogó como Madre Superiora de algún convento, el cual gobernaría con mano férrea haciendo que las novicias a su cargo cumplieran a rajatabla las espartanas normas de convivencia. Supuso que su Orden sería la de Las Carmelitas Descalzas, así que, ni corto ni perezoso, la bautizó como Sor Teresa.

El asiento delantero estaba ocupado por una entrañable viejecita que tejía sin cesar un diminuto jersey, sin duda para alguno de sus nietos más pequeños. Bajo los blancos cabellos, su rostro arrugado y sonrosado mostraba una expresión amable y apacible. Para Lorenzo se convirtió en la abuela Carmen. El contraste con Sor Teresa no podía resultar más brutal.

El estudiante de Leyes centró su atención en la pasajera del asiento contiguo. Se trataba de una chica de larga melena rubia que consultaba el móvil mientras seguía con la cabeza la música de los auriculares. Dirigió a Lorenzo una rápida mirada acompañada por una sonrisa. Un gesto fugaz pero suficiente para que el estudiante admirase sus bellos rasgos nórdicos: ojos verdes, muy claros, pómulos salientes y labios carnosos. Era una lástima que no pareciera muy dispuesta a entablar una conversación.
La imaginó emergiendo de las aguas de un lago rodeado de abetos y montañas nevadas. El nombre de Ondina surgió con naturalidad y Lorenzo  estuvo a punto de pronunciarlo en voz alta.

No sin cierto pesar, el futuro juez o abogado abandonó a su diosa vikinga y se concentró en los tres viajeros masculinos.
El asiento situado detrás de Ondina estaba habitado por un tipo con marcados rasgos orientales, vestido con traje y corbata, que tecleaba como un poseso el portátil colocado sobre sus piernas. Tenía la cabeza rapada al cero y la piel tan blanca que casi parecía una máscara de carnaval. Sus ojos oscuros estaban fijos en la pantalla de 17 pulgadas. Lorenzo lo clasificó como ejecutivo de alguna empresa de informática que muy bien podría llamarse Chan Lee, aunque le parecía raro que viajara en un vagón de segunda.

En la fila siguiente a la del chino viajaba un hombretón alto y fornido, con una espesa cabellera gris y fieros mostachos, que lucía un rostro muy bronceado con una aparatosa cicatriz surcando la curtida frente. Lorenzo, decidió al punto que se trataba de un militar retirado con toda la pinta de haber participado en más de una expedición por países exóticos poniendo en riesgo su vida.
El intrépido explorador se hallaba intensamente concentrado en el estudio de unos mapas que mantenía desplegados ante sí, tal vez planificando nuevas y peligrosas aventuras. Lorenzo estaba seguro de su apellido. Poco le faltó para acercarse a él e interpelarle:  ¿Livingstone, supongo?

Tampoco le resultó difícil de clasificar el pasajero situado más al fondo como un profesor universitario disfrutando una reciente jubilación. Aparentaba alrededor de los 70 años, escaso pelo del color de la ceniza, frente amplia, pobladas cejas, nariz aguileña y pronunciado mentón. Desde que comenzara el viaje no había dejado de leer la última novela de Stephend King.
Lorenzo lo rebautizó como Don Antonio por lo mucho que le recordaba a su profesor de Mercantil.

En ese momento, el joven estudiante fue asaltado por una creciente modorra que enseguida dio paso a un profundo sueño.

Cuando despertó, media hora más tarde, justo a la salida de un largo túnel, miró a su alrededor y sufrió un violento sobresalto. Se restregó los ojos y se pellizcó varias veces. No, no se trataba de una pesadilla.

Volvió a observar a sus compañeros de viaje. 

Aquello no tenía sentido, parecía cosa de locos.

Los seis pasajeros continuaban enfrascados en sus quehaceres, los cuales absorbían toda su atención: la monja con su Biblia; la abuela, con la calceta; la rubia nórdica, con el móvil y los auriculares; el chino, con el portátil; el explorador con los mapas, y el profesor con la novela.
Sí, todos estaban como antes de que el sueño lo venciera, pero la terrible anomalía se resistía a desaparecer. Lorenzo seguía contemplando algo absurdo e imposible.

Se levantó para ir al baño. Caminó por el pasillo medio sonámbulo. Algunos pasajeros levantaron la vista. Lorenzo apresuró el paso, esquivando sus fugaces miradas.

Una vez en el servicio, se acercó al lavabo para refrescarse la cara con agua fría. Lorenzo Conde se quedó paralizado. El espejo con marco labrado reflejó la imagen de un rostro contraído por una expresión de asombrado espanto; una cara extraña, una cara que, al igual que las de sus seis compañeros de viaje, jamás había visto en su vida. 







martes, 18 de junio de 2019

AMOR DE MADRE






No existe en todo el planeta Tierra, ni aún en la inmensidad del Universo, fuerza alguna con la que se pueda comparar…

…RELATO BASADO EN HECHOS REALES...

                                 ( ... Domingo, 2 de febrero de 2014... )

Un buen día, o malo, según se mire, llegó bramando de ira, en busca de los hijos que le habían arrebatado.
Cuando al fin los encontró, su furia de madre se multiplicó hasta el infinito. Embistió con saña, una y otra vez, tratando de derribar los muros que la separaban de sus retoños.
En su torturada memoria, cósmica y primigenia, latía el recuerdo, insufrible tormento, del momento aciago en que sus criaturas le fueron arrancadas de las entrañas...

  
                                   (... Unos 5 años antes... )

...Guiada por su atávico e intemporal instinto, rastreó sus huellas entre las arenas de innumerables playas. Ebria de dolor, derramó sobre ellas sus lágrimas amargas. Con renovados bríos, trepó los acantilados. Desesperada, berreó su impotencia, cuando las rocas hostiles sofocaban sus ansias y destruían sus esperanzas.
Exploró las cuevas. Barrió todos los rincones. Voceó sus nombres al viento. Nada. Sólo abismos. Negros y vacíos. Y por toda respuesta, los ecos tristes del silencio.
Anduvo por los muelles, lamiéndose las heridas, como un perro vagabundo y apaleado. Yendo y viniendo, yendo y viniendo. Siempre los mismos pasos, avanzando impetuosa e imparable. Siempre los mismos lamentos, batiéndose en penosa retirada.
La vieron merodeando entre los barcos. Meciéndose al compás de su infortunio. Acunando nanas fúnebres. Susurrando melodías, salvajes y desgarradas. 
Fueron días, meses, años de búsqueda sin tregua...

                                            
                                      (... Domingo, 2 de febrero de 2014...)

...Y una tarde de Febrero, oscura y tormentosa, sus denodados esfuerzos se vieron, al fin, recompensados.
La larga espera y el odio fermentado desbordaron la inmensa energía acumulada. Su fuerza creció hasta el paroxismo. La cárcel de sus pequeños fue un juguete entre sus garras. Némesis implacable, abatió las barreras como castillos de paja.
Penetró dentro y los halló flotando, inmóviles e incorruptos. Parecían dormidos, eso pensó y así los recordaba.
Al fin comprendió. Un feroz alarido de rabia estremeció el edificio hasta los cimientos. Luego se retiró llevándose con ella los ataúdes de cristal. Por delante, el horizonte interminable. Tras ella, sólo destrucción y caos.
Reventó, después, los féretros transparentes y retornó con sus hijos al hogar. A las ignotas profundidades, de donde nunca deberían haber partido.
Había encontrado aquello que tanto había buscado a lo largo de un lustro interminable. La epopeya había consumido sus esfuerzos. Recuperó lo que le habían robado, lo que por Ley era suyo y por Naturaleza le pertenecía.
La Madre, tranquila, descansó feliz. Ahora, todo estaba bien.

La noticia apareció el lunes siguiente, 3 de febrero del año 2014, en el diario “La Nueva España” de Oviedo:

“Un terrible temporal, con olas de 15 metros, destruye el aula del Cepesma de Luarca. El Museo del Mar albergaba una decena de ejemplares de calamares gigantes. Se trataba de especímenes de hasta 11 m. de longitud, parientes lejanos del fabuloso Kraken que, según la leyenda, atacaba los barcos y asesinaba a los marineros. Su hábitat se localiza en una fosa abisal situada frente a la costa asturiana, a la altura del cabo Peñas. Estaban tasados en unos dos millones de euros, pero su valor como tesoro oceanográfico es realmente incalculable, por tratarse de ejemplares únicos e irreemplazables.
A lo largo del muelle y el espigón aparecieron esparcidos los restos retorcidos de las grandes urnas de cristal que contenían los colosales cefalópodos. De sus cuerpos, en cambio, no se halló el más mínimo despojo.”

El mar, la mar, calmada, descansó satisfecha. Sí, realmente, todo estaba bien, ahora.

                                                   FIN


viernes, 19 de abril de 2019

PLENILUNIO







Bajo la Luna de mayo y armado con un enorme pico, arremetía con saña contra el recién estrenado pavimento que recubría la plaza del Ayuntamiento. Sus denodados esfuerzos resultaban baldíos. El hombre aullaba de rabia a medida que su ira y frustración crecían y se desbordaban.

Nuestro improvisado minero de medianoche había nacido con un defecto en las vértebras cervicales que le impedía enderezar el cuello y lo obligaba a caminar con la cabeza gacha mirando al suelo, siempre cabizbajo, sumiso a su pesar; o como un toro de lidia preparándose para embestir.

Ambrosio Carbajales conocía la piel de las calles de su pueblo mejor que la palmas de sus  manos. Cada decímetro cuadrado del firme, deteriorado y plagado de baches, le era más familiar que las yemas de sus pulgares.
Una vez al mes, justo cuando la Luna se hallaba en la fase de rotunda plenitud, nuestro hombre salía a caminar a partir de la medianoche y recorría las calles  buscando tesoros en el suelo. Armado con un completo equipo, localizaba fácilmente el codiciado botín.  Una vez delante de la reluciente fortuna, desplegaba sus estimados utensilios y muy lentamente, con la delicadeza de un amante devoto y la precisión de un experto neurocirujano, recogía el preciado bien y lo introducía en el recipiente, habilitado a tal efecto, para transportarlo y conservarlo en óptimas condiciones.
Y así durante años, todos los meses, cada 28 días, fiel al Ciclo Lunar, Ambrosio Carbajales rastreaba palmo a palmo las desiertas callejuelas recolectando, con supremo deleite y temblando de emoción, los más brillantes y majestuosos diamantes de la noche.
Tras varias incursiones fallidas, la experiencia le había enseñado que en las noches de Luna llena y habiendo llovido previamente, se daban las mejores condiciones para la obtención de la más nítida y sustanciosa recompensa.

Un infausto día, el Sr. Alcalde, en época de elecciones, tuvo a bien hacer caso del unánime clamor de conductores y peatones, y decidió que ya iba siendo hora de renovar el firme de las calles y tapar todos los baches.

Como tenía por costumbre, en el Plenilunio de mayo, Ambrosio Carbajales recorrió todas las calles arriba y abajo y contempló, horrorizado, como todos sus tesoros habían desaparecido, sepultados bajo una capa de asfalto de unos 15 centímetros de espesor, homogénea, uniforme y obscenamente nivelada.
Ciego de dolor y pena, permaneció largo tiempo con la cabeza gacha mirando al suelo, rumiando su desgracia; desesperado, lloró como el niño que, impotente y espantado, observa como su madre es tragada por la tierra, mientras él permanece inmóvil al borde del insondable precipicio.
Luego, se dejó caer de rodillas y golpeó y arañó el suelo con la furia de una bestia salvaje tratando de arrancar a zarpazos la negra mortaja de asfalto.
Finalmente, fue a buscar el pico, regresó a la plaza y comenzó a cavar. En los edificios de alrededor comenzaron a encenderse las luces y la gente salió a los balcones.

Ambrosio, física y mentalmente agotado, muy pronto asumió la inutilidad de sus titánicos esfuerzos y se dejó caer de espaldas.
Atónitos y admirados, los vecinos del lunático Indiana Jones asisten a la insólita y espeluznante escena: un hombre tirado cuan largo era, aferrando aún el pico de minero, que señalaba la Luna llena, rebosante en el cenit sobre su cabeza; y hablaba con ella y se reía con una risa horrible y malsana, un aullido demente sin el menor rastro de humanidad.

En el desván de su casa, la Guardia Civil descubrió varios bidones de vidrio, herméticamente sellados, conteniendo cantidades variables de agua con distintos grados de pureza. Los recipientes se encontraban alineados pulcramente en estanterías de metal que llegaban hasta el techo, y ordenados cronológicamente según la fecha que cada uno lucía, bien visible, escrita con rotulador rojo sobre cartulina blanca.
Investigaciones posteriores permitieron comprobar que cada una de las reseñas numéricas se correspondía con un día de Luna llena distanciándose, pues, 28 días entre sí, aunque a veces las fechas de la caza duplicaban y hasta triplicaban ese intervalo temporal. 
 En el centro de la espaciosa estancia y sobre una mesa de respetables dimensiones labrada en recio roble gallego, se disponían varias decenas de  frascos, aún sin etiquetar, así como un amplio surtido de enormes jeringas y un enjambre de esponjas de baño de las más diversas formas y tamaños.

Interrogado al respecto, Ambrosio Carbajales respondió con absoluta naturalidad, muy extrañado por las muecas de asombro y los comentarios de incredulidad que intercambiaron los agentes del orden ante el sorprendente hallazgo. Muy tranquilo y relajado, explicó que usaba las jeringuillas para extraer el tesoro sin quebrarlo ni deformarlo, y las esponjas de baño para absorber hasta la última gota de las fabulosas monedas de Luna llena.

—Su valor es incalculable, Sr. Comisario —apostilló Ambrosio, haciendo grandes aspavientos— no querrá usted que las deje tiradas por ahí.

Esa misma noche, tumbado boca arriba en la plaza, Ambrosio miraba la Luna con ojos hambrientos y codiciosos. Al fin, tras varios minutos de profunda reflexión, vio claro lo que tenía que hacer, supo con total y absoluta certeza qué estrategia debía ejecutar en vista de las nuevas y peculiares circunstancias. Se levantó con un portentoso brinco y corrió hacia su casa bramando berridos de júbilo.

Al día siguiente, comenzó a construir la escalera.
                                                                              
                                                                         







lunes, 11 de marzo de 2019

EL PRISIONERO Y LA ENCINA



El espantoso sueño recurrente lo importunaba una noche tras otra. La angustiosa pesadilla solía empezar siempre de la misma manera. De repente, se encontraba en medio del campo, sin saber cómo había llegado hasta allí. Él y otros desdichados congéneres deambulaban sin rumbo, moviéndose por puro instinto, a lo largo y ancho de una finca árida y llana, punteada por esporádicos matorrales y alguna que otra encina creciendo solitaria entre la hierba reseca y amarillenta.
Un robusto vallado metálico cercaba por completo el inhóspito recinto y los mantenía confinados, prisioneros en una especie de rural campo de concentración.
Todos se hallaban completamente desnudos. Al mediodía buscaban las amplias sombras de los árboles, huyendo del sol implacable que abrasaba sus pieles oscuras. Por lo demás, se comportaban, él incluido, como auténticos animales. Se alimentaban de los frutos que encontraban en el suelo, hacían sus necesidades en cualquier sitio, y copulaban como auténticos salvajes a la vista de todo el mundo, compitiendo ferozmente por las impúdicas hembras.
No se hablaban entre ellos. El único lenguaje imperante en la extraña comuna se componía de gestos, miradas y gruñidos, desplegados en una amplia gama de tonos e intensidades.
Regularmente, recibían la visita de los temibles carceleros. Unos tipos gigantescos, crueles y soberbios, que haciendo caso omiso de sus chillidos de protesta, apresaban a varios de los desdichados reos y se los llevaban a rastras introduciéndolos en el interior de los camiones, exactamente igual que harían con cualquier especie de ganado.
Aquellos que se iban, jamás regresaban, nunca volvían a tener noticias suyas. Los que quedaban en el campo yermo, seguían vagando entre las encinas, sin rumbo y sin futuro. Pronto se olvidaban de sus arrebatados compañeros y se dedicaban, única y exclusivamente, a satisfacer sus anhelos vitales, los más elementales y primarios, en la lucha diaria por sobrevivir.
Y todo esto, con ser horrible, no era lo peor de la periódica pesadilla. Lo más espeluznante y estremecedor llegaba a la hora de despertar. Un ramalazo de súbita comprensión se abría paso entre las brumas de su cerebro y nuestro protagonista, mirando espantado a su alrededor, caía en la cuenta de que no había estado soñando, sólo recordando las rutinarias vivencias de otra jornada más en aquel campamento del infierno.
Aquellas que tomara por inquietantes experiencias oníricas, se correspondían, fatalmente, con fragmentos inconexos de la abominable e insoslayable realidad en la que se debatía, atrapado, un día tras otro, vagando entre las encinas en el campo yermo y cercado, sin rumbo, esperanza, ni futuro.
Unas horas más tarde, a la sombra de un árbol descomunal, reposaba satisfecho con el estómago lleno, tras una ajetreada mañana de correrías a la búsqueda del diario y monótono sustento. El sol apretaba de firme. Cuando llegaron los camiones fatídicos, los prisioneros huyeron en estampida abandonando el placentero abrigo de las ramas.
Él, en cambio, permaneció inmóvil. Presintió que su hora había llegado y, en todo caso,  decidió que ya que no podía escapar al funesto destino, mejor terminar cuanto antes.
Momentos antes, reposando a la sombra de la encina, una repentina revelación le había mostrado la Verdad, desvelando el misterio de su peculiar situación. Al fin, había comprendido todo. Supo, con absoluta y diáfana certeza, por qué se encontraba allí, en aquella insólita cárcel y en tal estrafalario estado.
Se prometió solemnemente a sí mismo que si lograba salir de ésta,  jamás le volvería a negar  un crédito a ninguna familia necesitada, ningún suicidio por desahucio caería sobre su conciencia; nunca volvería a engañar a ningún humilde anciano robándole los ahorros de una vida; y, aunque viviera cien vidas más, jamás volvería a despreciar una maldición gitana y revisaría una y mil veces los frenos del coche antes de emprender un viaje por una accidentada carretera de montaña; y, por encima de todo, juró y perjuró que a Dios ponía por testigo de que nunca, nunca más, volvería a burlarse cuando alguien le hablara de... la maldita reencarnación

Dócil, se dejó apresar, sin oponer resistencia.
El lustroso cerdo ibérico de pata negra, criado a base de bellotas en las áridas dehesas extremeñas, fue sacrificado una fría y ventosa tarde del  día 11 de Noviembre.
Cuando el largo y afilado cuchillo del matarife se hundió en su garganta y la vida comenzó a escapársele en atropellados chorros, el cerebro humano, cautivo en el cuerpo del marrano, alumbró, a modo de certero epitafio, una última y atinada reflexión:
          
                          “A todo gochín le llega su San Martín”.